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viernes, 7 de agosto de 2020

Papeles sueltos: las composiciones finales de Miguel Hernández


Papeles sueltos: las composiciones finales de Miguel Hernández

 

I - El hambre, la honra y un paréntesis

 

Miguel escribe. En hojas de cuaderno, cuando dejan que ingresen hojas de cuaderno; o en algún trozo del escaso papel higiénico que los guardiacárceles le dan en esas prisiones donde hay carencia de todo, menos de penurias, frío y piojos. “Estoy pasando más hambre que el perro de un ciego y que uno de quien ve, pero no tiene nada que darle”, se permite ironizar con un lápiz y un pedazo de papel, que serán una carta a su amada. El poeta había estado detenido, había recibido las palizas de rutina de la Guardia Civil al ingresar al presidio, había rotado en distintas cárceles (Huelva, Sevilla) y –por algún misterio que ni los historiadores actuales ni los burócratas del franquismo de entonces saben a ciencia cierta- había sido liberado. Su libertad duró apenas doce días, entre el 17 y el  29 de septiembre de 1939. España era, y lo sería por unas cuatro décadas, el lugar donde los dueños de todo se cobrarían revancha ante el atrevimiento de un pueblo que había desafiado la impunidad secular de los ricos, de la iglesia, de los reyes. Miguel no fue la excepción. Liberado en Madrid, regresa a Orihuela, desoyendo las recomendaciones de sus amistades que lo instaban a exiliarse tan pronto como pudiese. En su tierra natal lo reciben su amada, su hijo, familiares y algunos amigos. Pero también enemigos: es denunciado anónimamente y vuelto a encarcelar.

Ya prisionero otra vez, en Orihuela, le escribe a su amada Josefina, en carta de finales de septiembre, sin fechar en el original, pero probablemente del día 30: “A nuestros paisanos les interesa mucho hacerme notar el mal corazón que tienen, y lo estoy experimentando desde que caí en manos de ellos. No me perdonarán nunca los señoritos que haya puesto mi poca, o mi mucha inteligencia, mi poco o mucho corazón, desde luego mis dos cosas más grandes que todos ellos juntos, al servicio del pueblo de una manera franca y noble. Ellos preferirían que fuese un sinvergüenza. Ni lo han conseguido ni lo conseguirán. Mi hijo heredará de su padre, no dinero; honra. Pero no esa honrilla que se consigue a fuerza de mentir y seguir la corriente de la peor gente disfrazada de mejor. Tú sabes cuál es la honra que quiero para nosotros y nuestro hijo: la de nuestro cariño y nuestra vida puestos a su servicio y a su cuidado del modo más hermoso.”  

Quien escribe esos renglones no ha cumplido aún los 29 años. Sin embargo, lleva ya sobre su espalda una guerra, y una derrota. Carga con la muerte de un hijo y la llegada de otro, a quien poco y nada pudo ver. Dos cárceles. En el estómago, el hambre.  Y en su destino de presidio, un paréntesis, donde no cabe toda la belleza de sus versos, que seguirán aleteando.

 

II – Un cuaderno entre dos cárceles

En ese paréntesis de doce días, entre otras cosas, Miguel entrega en mano a Josefina Manresa un cuaderno. En él, están reunidos setenta y nueve poemas que van desde los estertores de la guerra, y la muerte de Manuel Ramón, su primer hijo, hasta su fugaz libertad. El último poema, que clausura ese cuaderno que pese a su precariedad tenía vocación unitaria y estaba concebido para ser un libro, es nada menos que sus “nanas de la cebolla”. Escrito, entonces, entre octubre de 1938 y septiembre de 1939, entre una ausencia y otra, una cárcel y la subsiguiente, este Cancionero y Romancero de Ausencias (así lo titula su autor) será el puntapié para reunir en un proceso de edición que se fue completando póstumamente con más composiciones del poeta, otros cincuenta y ocho textos.

Su nueva etapa en prisión sería definitiva. En el juicio que le llevan adelante se enfrenta a un tribunal encabezado por Manuel Martínez Margallo, un magistrado cuyos antecedentes eran haber sido escritor y humorista, pero que ahora ocupaba un estrado e impartía condenas a muerte con la misma solvencia con la que antes repartía malos chistes. Varios de sus condenados al paredón fueron escritores republicanos, algunos de ellos no solo por su fervor revolucionario sino por estar enemistados personalmente con tan particular juez. En el caso de Hernández, comunista confeso, fue sentenciado a pena capital y, luego de meses de incertidumbre, ésta fue conmutada por 32 años de condena.

Pero pese a este cambio en la sentencia, la tuberculosis inoculada por la mala alimentación y el frío, y favorecida por la falta de atención médica, terminaría con los días del poeta unos dos años después.

La España franquista campeaba: la del caudillo enano y los ricachones prepotentes; la de Federico fusilado, junto a millares de asesinados, de exiliados y presos políticos; la de los bebés apropiados y las fosas comunes; la de un bufón puesto a emitir sentencias. Pero también, la que no pudo acallar la voz rebelde de sus poetas, pese a la cárcel, pese a la muerte.

 

III - Un rayo que no cesa

En la página final de su cuaderno destartalado, escrito a lápiz, y con hojas faltantes, Miguel había anotado: “En la cuna del hambre/mi niño estaba./Con sangre de cebolla/se amamantaba./Pero tu sangre,/escarchaba de azúcar/cebolla y hambre”. Esos versos, llenos de pena y ternura, antes habían sido enviados en una carta fechada el 12 de septiembre de 1939, armada con retazos de papel, y desplegando estas líneas: “Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando estas coplillas que he hecho, ya que aquí no hay para mí otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme.”

Hernández supo cultivar, aún en los más duros momentos, una poesía esperanzada. Supo de esa alquimia que transforma el dolor más hondo en la belleza más cristalina. Junto a la inocultable congoja que tanta muerte y tanta cárcel sembradas le habían producido, supo dar cobijo a una voz que buscase el porvenir, incluso cuando no lo hubiera.

 

Los últimos versos que escribió en su existencia el poeta, en su lóbrego “Eterna sombra”, sostienen: “…Pero hay un rayo de sol en la lucha/que siempre deja la sombre vencida”.

Hoy es noticia que en Madrid la nueva derecha se empeña en fracasar contra Miguel, borrando sus versos en el memorial a las víctimas del franquismo. Un intento más, entre tantos, como los cientos por confiscar sus libros o impedir que se leyeran durante décadas. No pudieron, y tampoco podrán ahora, silenciar sus versos. Se sabe, y él mismo lo escribió: no hay quien detenga al rayo prisionero en una jaula.

 

Mariano Garrido

 

Textos citados y correspondencia, extraídos de Obra Completa; Espasa Calpe

sábado, 18 de agosto de 2018

Lorca por Hernández: cuando fusilaron al poeta


Fue un 18 de agosto que no es éste, pero pudo parecerse. Entonces fusilaron al poeta.
Cuando se marchitaron todas las azucenas, pisoteadas por las botas de un racimo de animales. Cuando se callaron todos los pianos, solo para volver a hablar en el idioma de la pena. Cuando el verde que es vida cedió ante la luna que es muerte.
Fue en agosto y fue en Granada. Fusilaron a Federico.

Retomando las palabras de Miguel Hernández, fue el inicio de la tragedia española.


"Comienza la tragedia española la muerte del poeta Federico García Lorca, asesinado por el fascismo en agosto y en Granada, muerte en agosto como el “Amargo” de su romance. La desaparición de Federico García Lorca es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. Él solo era una nación de poesía. Desde las ruinas de sus huesos me empuja el crimen con él cometido por los que no han sido ni serán pueblo jamás y es su sangre, bestialmente vertida, el llamamiento más imperioso y emocionante que siento y que me arrastra hacia la guerra. Es su sombra, desaparecida de sus pies, y es su voz, arrancada de su lengua a tiros, la que me empuja irresistiblemente con un violento deseo de venganza. Me siento más hombre, más poeta, y un día cogí el fusil que me correspondía, después de cavar trincheras que han regado tantas sangres nobles."

Miguel Hernández. En "Un acto en el Ateneo de Alicante". 22 de agosto de 1937.


sábado, 28 de julio de 2018

Poesía para matar a la muerte; poesía para hablar del día




Valencia, España; julio de 1937. Los escritores en defensa de la cultura y en contra del fascismo se reúnen en un congreso. Lo hacen en una España bombardeada por los militares golpistas y por la aviación nazi, aviación que dos meses antes arrasó Guernica masacrando cientos de civiles.
En una ponencia colectiva, los escritores congregados en Valencia declaran:
“…Nosotros, jóvenes escritores, artistas y poetas, para conquistar esa categoría humana a que aludimos, (…) declaramos aquí, en un Congreso de Escritores precisamente, que como escritores y artistas y como hombres jóvenes, luchamos, disciplinada, serena y altivamente, sin demagogia, sin truculencia, allí donde el pueblo español nos diga. (…) Así, con una responsabilidad serena y muy consciente y voluntaria disciplina, queremos colaborar con nuestro pueblo a ganar la guerra, a conquistar por ese único hecho, sólo y sencillamente: el hombre”.
Entre quienes suscriben esa declaración se encuentra Miguel Hernández. Como varios de sus compatriotas, sabrá sostener con su cuerpo aquellas palabras.

(Fotografía: Miguel Hernández en el Congreso de Escritores Antifascistas; Valencia, 1937)

Viernes 3 de agosto, 18.30hs. Presentación de Miguel Hernández. Un ruiseñor en la batalla. 
Av. Belgrano 2527. (CABA) 

***


LLAMO A LOS POETAS

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.

Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.


Miguel Hernández;

del libro El hombre acecha, 1937
 

lunes, 28 de marzo de 2016

Miguel Hernández, ruiseñor en la batalla






Un 28 de marzo, pero hace setenta y cuatro marzos, era sábado. Entonces, Josefina, su esposa, iba a visitarlo. Esa mañana, al acercarse al penal para intentar dejarle la comida, los guardias se la rechazan sin decirle palabra. La mujer no recibe comunicación alguna de los carceleros más allá de aquel gesto primitivo, sus miradas despectivas y su silencio. No hacía falta. Josefina, su compañera de siempre y madre de su pequeño hijo, se va sin pronunciar –tampoco ella– una sola palabra y habiendo entendido todo. Fue en la madrugada del 28 de marzo de 1942, a sus treinta y un años. El mundo estaba justamente preocupado por los millones de muertos y de bombas de la IIª Guerra Mundial como para detenerse a contemplar este otro crimen. Para Josefina, éste era el que importaba.

   No es difícil imaginar a la mujer con sus 26 años, pero aguerrida; viuda de un “rojo”, con un hijo a cargo y otro bajo la tierra; con hermanos menores de los cuales cuidar. No cuesta mucho pensarla marchando sombría entre la polvareda del camino, apretando todavía entre su mano y la falda la última nota del amado, de hacía un par de días: un papel ajado, sin fecha y de tres o cuatro líneas apenas; uno que no contiene un legado poético (ni versos para enamorados, ni canciones para combatientes). En su última carta, apenas un susurro escrito, el poeta pide con ternura y urgencia unas inyecciones, la medicina que el fascismo le negaba. Entre el dolor de su evitable agonía, el poeta no deja de enviar en su nota última besos para el hijo. 
   Hace stenta y cuatro años, entre el calabozo y la enfermería del "Reformatorio de Adultos" de Alicante, sin atención médica ni más medicina que la que lograba ingresar esforzadamente su esposa, moría Miguel Hernández. El soldado, el poeta. El ruiseñor cantando en la batalla.

***

[10]

La pena hace silbar, lo he comprobado,
cuando el que pena, pena malherido,
pena de desamparo desabrido,
pena de soledad de enamorado.

¿Qué ruy-señor amante no ha lanzado
pálido, fervoroso y afligido,
desde la ilustre soledad del nido
el amoroso silbo vulnerado?

¿Qué tórtola exquisita se resiste
ante el silencio crudo y favorable
a expresar su quebranto de viuda?

Silbo en mi soledad, pájaro triste,
con una devoción inagotable,
y me atiende la sierra siempre muda.

Miguel Hernández; 
de El silbo vulnerado (1933) 

***

ACEITUNEROS



Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.


Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.
 


Miguel Hernández; 
de Viento del pueblo (1937)


***

[17]

En este campo
estuvo el mar.
Alguna vez volverá.
Si alguna vez una gota
roza este campo, este campo
siente el recuerdo del mar.
Alguna vez volverá.


Miguel Hernández; 
de Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)


***

[121]

Con dos años, dos flores
cumples ahora.
Dos alondras llenando
toda tu aurora.
Niño radiante:
va mi sangre contigo
siempre adelante.

Sangre mía, adelante,
no retrocedas.
La luz rueda en el mundo,
mientras tú ruedas.
Todo te mueve,
universo de un cuerpo
dorado y leve.

Herramienta es tu risa,
luz que proclama
la victoria del trigo
sobre la grama.
Ríe. Contigo
venceré siempre al tiempo
que es mi enemigo.



Miguel Hernández; 
de Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941)

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