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martes, 24 de marzo de 2009

24


"Yo soy un poeta, no un hacedor de versos bonitos", decía el herrero Dardo Dorronzoro, que, claro, además hacía bellos versos.

Otro veinticuatro y con ausencias. Entre otros, y en parte, la poesía. Porque, se sabe: un poco se la llevaron con Paco, y otro tanto con Santoro. Antes fusilada con Roque y muerta en un presidio con Miguel. Pero por ahí anda, dicen. La vieron la otra noche. No; no era en salones, ni en la vidriera de ninguna boutique, como pretenden más de cuatro. Ni en uno de esos laberintos tan nuevos e ingeniosos que hacen ahora, esos en los que no dejan entrar a los paisanos, y de los que no dejan salir a las ideas. Tampoco en la casa de cotillón, ni en esos negocios que sirven para decorar butacas, escritorios, papeles.

La vieron pasar de mano en mano. Y uno, que se la pasaba fresquita a otro, tal vez le decía al oído a ambos:

-Que sirva para decir presente.


Ahí va la poesía, no más. Viva como la memoria.


***


No anda sola
Otra vez nos miran sus ojos
que se han levantado del suelo.
Nos miran y esperan
algo de nosotros.
Yo tengo un poema, les digo, una piola
con piedritas y caracoles. Y un barrilete
de polaroid y una cuchara,
un castillo de fósforos
y un hipopótamo de plastilina.
Nos miran,
pacientes. Saben que es inevitable
la vida y nos tienen aferrados a un sueño.
La muerte, nos dicen sus ojos, no metan
nuestra muerte en la sala de un museo,
que no hay lugar para la belleza
si el mundo sigue podrido
como cuando éramos nosotros
el sueño de otros cambiando
las cosas.
Otra vez nos miran sus ojos
que se han levantado del suelo
cumplir con los rituales de la efeméride.
Nos dicen: no anda sola la memoria,
las evocaciones no alcanzan,
el sueño hay que vivirlo y de ahí para adelante.
Yo tengo un trocito de madera, les digo,
lápices sin punta de clavarlos en la mesa, una pared
con sus nombres en la barriada
y algunas piedras apuntadas al cielo.
Nos vuelven la mirada,
nos dicen, tironeando la solapa:
aquí están nuestros ojos
para que vean el mundo
que nos queda por hacer, no guarden
estos ojos en un cajón para abrir
con cada otoño,
estamos
en el mismo sueño,
caminamos con ustedes.


Hernán Boeykens
(Inédito)

miércoles, 20 de agosto de 2008

Elegía vulgar para Francisco Sorto

Fotografía: Rodrigo Alfaro
(En el Cotolengo de Uribelarrea)

...Y en eso no va que viene Roque Dalton. Poeta, guerrillero, preso político. Y no va que Roque agarra y en vez de cantarse a sí mismo (y mire usted que le sobraba cuerda para hacerlo) le canta a otro preso; a un común, para colmo.

Hay que verlo a este Roque. El muy tozudo, el muy cojudo.

(Ahí va; va cantando maravillado como un niño porque un preso, todavía, canta.)

***
Elegía vulgar para Francisco Sorto


Francisco Sorto es un reo común de la Penitenciaría Central de El Salvador que perdió la razón a causa de un encierro de cuatro años en la terrible celda número nueve. Loco como está, deambula hoy silencioso entre los reos del presidio preventivo, y por las tardes, al ver pasar las golondrinas y los pericos desde el patio del penal, canta con los ojos llorosos y la voz sin ritmo, viejos tangos de Gardel...

Francisco Sorto tiene
nueve años de estar preso.

Mató
porque tenía que matar.

Porque tenía que ser duro y terrible
en su tierra reseca donde el pan no se nombra,
en su tierra reseca, reseca, reseca,
donde tan sólo cae el polvo sobre la risa ciega
y el cerebro sin letras
grita su calcinada música y su innumerable llanto.

Francisco Sorto tiene
nueve ojos de estar preso.

Nueve gritos de luz donde los siglos bailan
como niños pequeños.

Nueve "mil novecientos tantos" espantosos.

Nueve rascarse el corazón con piojos
y darse miedo de uno
con una palabrota a flor de dientes.

Nueve lágrimas negras de silencio y de frío

Nueve tenientes altos
riendo después de fusilar al aire,
haciéndonos llorar
como que hablan de ríos con fresca palazón en las riberas,
como que hablan de llanos que no tienen ni cercos de piedra
donde uno puede dormitar con la barriga ante los astros.

Nueve, carajo,
nueve años disfrazado de pescozón
y uno amarrado;
nueve años, nueve años,
nueve años que no le caben en la boca al mundo,
nueve años de los que se diría
que solamente son setenta y ocho mil
ochocientas cuarenta horas
si uno supiera de pupitres y números.

Francisco Sorto, hermoso
con su cara de mono
y limpio
como la húmeda tierra que nos escucha por los pies.
Francisco Sorto, solitario
en el centro de ochocientos penados.
Francisco Sorto sin visitas los domingos.
Fancisco Sorto curándose los golpes
con el excremento de las gallinas.
Francisco Sorto cuatro años a oscuras
y esposado, bien duro, en la celda de castigo.
Francisco Sorto,
qué grande,
qué maravilloso y hombre eres,
para que todavía no se te olvide cantar.

Roque Dalton
(De La ventana en el rostro; 1962)

lunes, 14 de enero de 2008

la falsa paz




¿Quién desea la paz? ¿Quiénes dicen defenderla? ¿Un fabricante de armas, un coronel sudamericano de bigotes anchos y sable dispuesto, un capitán de la industria, un marine norteamericano? ¿Cualquiera de ellos acaso dudaría en decirse amante de la paz? ¿Y los pueblos? ¿Aman la paz quienes aceptan mansamente los grilletes? ¿Quienes se los sacuden con fiereza son enemigos de la paz? ¿Libertad, igualdad, fraternidad? ¿No es cierta aquella frase en que Anatole France expresa que todos los pobres tienen la libertad de morirse de hambre bajo los puentes de París?

¿A morirse en paz?

***

La falsa paz

Peor que la guerra, ¿qué?
¡La paz, la paz!
Esa paz que suena a tiro
y que mata sin alarma.
¡Paz, paz, paz!

Gabriel Celaya

(Del poema "Señales de alarma", en el libro El hilo rojo; 1979)


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