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jueves, 15 de febrero de 2018

La secta del gatillo alegre y los dedos en la lata





Son días de tiro de gracia. No es novedad. Sí lo es el reconocimiento público y sin velos de las ejecuciones extrajudiciales como política de estado. Porque detrás de cada pobre rematado en el suelo, sea en una protesta social en la Patagonia o en algún ataque individual a la propiedad privada en un barrio porteño, hay una razón de gobierno, hay una justificación desde el poder. Al “sinceramiento” económico que lleva a despedir médicos del servicio de oncología de un hospital público para empardar los números, le corresponde el equivalente, inversamente proporcional, en un despilfarro de tiros dirigidos hacia el pobrerío.
La asociación ilícita más grande del país viste uniforme azul. Aquellos que Rodolfo Walsh describiera tan certera como crudamente hace medio siglo, no se cansaron todavía de matar, ni tampoco de robar. Un muerto en manos del aparato represivo cada 23 horas en Argentina. La pena de muerte de facto aplicada por todos y cada uno de los gobiernos crece ahora en ritmo e intensidad. La venia presidencial anuncia la temporada de caza mayor.
La indiferencia de una parte de la población y el beneplácito de otra, ofician de coro trágico ante la resistencia de muchos. (Como suele pasar en estos casos, puede que con el curso de los acontecimientos, la mueca de risa de algunas máscaras se transforme en llanto; puede que los tiros de gracia no los reciba siempre un tercero, que una bala perdida policial no dé solamente en el blanco habitual, o que el muerto sea un propio cadete de policía torturado por sus pares… y que ya sea tarde).     
Texto de Eduardo Llanos Melussa; poeta y psicólogo chileno. (La crónica roja atraviesa la historia. El tono de elegía atraviesa los versos. Las balas policiales atraviesan el cielo.)

***

Pepe Murga

Quién iba a imaginar que un día el locutor

escupiría en blanco y negro tu nombre, como la mitad
de un gusano que se enrosca y retuerce
después del mordisco que ha herido de muerte a la manzana.
Quién iba a imaginarte acribillado en la cuneta, arrojado
como un bulto, peor que una mosca expulsada de la taza de leche.
Cómo iba uno a adivinar que te desangrarían con treinta balazos
y que quedarías ahí, a dos cuadras de tu casa de madera,
las manos vacías de cualquier arma
que no fuera ese paquete de pan y ese trozo de queso. 


Con qué imaginación íbamos a verte ahí,
convertido en un queso de treinta agujeros
por los que entran y salen roedores de civil
que disputan a colmillazos un ascenso o un coágulo
en el mercado de la crónica roja.
Cómo va a ser cierto que yaces tumbado, tú
que anhelabas ser como un sacristán que repartiera 
hostias de queso a los mocositos de los comedores populares, 
tú que soñabas con que lloviera maná en las poblaciones,
en esos campamentos cuyas carpas flamean en el barro.

Había que andarse con cuidado, sí, pero también con fe, "porque

mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas..."

No se abrió entre las lápidas ninguna alameda,

ni ancha ni angosta. Simplemente
condujimos tu cuerpo entre hileras de pinos,
sorteando las pozas de la primera lluvia, empapados de luto.

Y esta noche estás viniendo en bicicleta hasta mi casa,

te has sentado en ese banco de colihue
y con tu cara de niño grande sonríes en silencio
extendiéndome esa mano acribillada
y dejando sobre esta página, encima de mi conciencia,
una pistola de pan
                                con balas de queso.

Eduardo Llanos Melussa;
en La fértil provincia (antología; AA.VV.), 2008

jueves, 19 de febrero de 2009

Óscar Hahn y sus retratos


Óscar Hanh, Premio Lezama Lima de Poesía Casa de las Américas 2008.
Con una pincelada retratará el amor esquivo. Con una pincelada, el tiempo que huye irreparable. Pincelada para una imagen en que el deshielo en un bosque de almendros da la espalda a un estallido que arrasa otros bosques.
Con una pincelada retratará el amor. Con otra o con la misma denunciará la muerte absurda en una guerra; al Pentágono y sus matarifes ensangrentados de niños; a la Casa Blanca y sus funcionarios de traje almidonado. Y así con muchas cosas, sin prohibir a nadie entrar a su poesía.

Todo en un abrir y cerrar de ojos.

***


Secretario de Estado

Lavaste tu conciencia
y la colgaste en el cordel
donde se seca la ropa limpia

Pero cayeron gotas de agua sucia
que formaron un charco
y luego un río turbio
que fue a dar a la mar

Por ese mar navegan acorazados
destroyers portaviones
submarinos atómicos
que escupen fuego radiactivo

Los que no tienen nada
sólo tuvieron que lavar su sangre
y recoger a los heridos
y enterrar a sus muertos

Óscar Hahn
(En En un abrir y cerrar de ojos; 2008)

jueves, 11 de septiembre de 2008

once


Once de septiembre. Casualmente hoy el imperio y sus bocinas nos informan sobre la tragedia del terrorismo. Casualmente un once de septiembre se ejercía el terrorismo desde el imperio hacia el sur. Más precisamente hacia Chile. Precisamente de Chile llega la voz de Gonzalo Millán, hoy, que es once de septiembre, y que sarcásticamente el imperio dice lamentar el terrorismo.


***


9.


El día tiene veinticuatro horas.
La ampolleta está encendida las 24 horas.
La ampolleta cuelga del centro del cuarto.
El aire del cuarto es pesado.
Puertas y ventanas permanecen cerradas.
Los prisioneros tienen la cabeza inclinada.
Los prisioneros están sentados en sillas.
Los prisioneros están con la vista vendada.
Pestañas y cejas se pegan a la venda.
Bajo la venda se mueven los párpados.
Las manos se hinchan.
Las manos están atadas con cordeles.
Sacan encapuchado a un prisionero del cuarto.
Los prisioneros se quejan susurran se mueven.
Los prisioneros deben permanecer inmóviles.
Los prisioneros deben permanecer en silencio.
Cualquiera infracción es duramente castigada.
Los prisioneros reciben alimento una vez al día.
El caldo es magro y se sirve frío.
Los prisioneros beben agua en forma racionada.
No se permite el aseo personal a los prisioneros.
Los prisioneros van una vez al día al retrete.
Pasada la medianoche permiten tenderse en el suelo.
El compañero que fue al interrogatorio no ha vuelto.
Los prisioneros duermen sólo con sus ropas.
En la noche son audibles los gritos de los compañeros.
Los prisioneros son despertados en la madrugada.


Gonzalo Millán
(De La ciudad; 1979)
...más en:

viernes, 15 de febrero de 2008

Uno escribe en el viento

Gonzalo Rojas; poeta. Más de noventa años, y toda la poesía que en consecuencia cabe allí.
Pues, siendo tan grande este hombre, ha de presentarse él solo.

***

Uno escribe en el viento

Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,
que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.
Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga
ni volumen de nada.

Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro
para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo
será que me encuadernen el animal. Poeta
de un tiro: justiciero.

Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos
de la galaxia ciega desde donde vinimos
con esta luz tan pobre a ver el mundo.
Vinimos, y eso es todo.

Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,
pero entramos llorando al laberinto
como si nos cortaran el origen. Después
el carácter, la guerra.

El ojo no podría ver el sol
si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen
si es verdad esa estrella, o es también escritura
de la farsa.

Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
los pescados muertos. Que lean a los otros.
A mí con mis raíces.

Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
colgado de mis pies y a mi abuelo colgado
de los pies de mi padre. Porque el minero es uno,
y además venceremos.

Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
con las tablas al hombro. Y el fusil. Una casa
para América hermosa. Una casa, una casa.
Todos somos obreros.

América es la casa: ¿dónde la nebulosa?
Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo
para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre
lúgubremente solo.

Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,
sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.
Pero el dinero pudre con su peste las aguas.
Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras
cráter de las ciudades bellamente viciosas.
Cementerio volante: ¿dónde la realidad?
Hubo una vez un niño.

Gonzalo Rojas

(De Contra la muerte; 1964)

lunes, 28 de enero de 2008

Sobre el verdugo y sus vacaciones

Época de vacaciones. O no tanto. Y nunca para todos. Para el verdugo, por ejemplo, no. O sí; pero no del todo. Precisamente, el poeta chileno Gonzalo Millán emite algunos comentarios acerca del verdugo y de las vacaciones. Precisamente Gonzalo Millán, que padeció la tortura. Precisamente en Chile, donde el actual gobierno mantiene a Patricia Troncoso, una presa política mapuche, encadenada a su cama luego de haber atravesado más de cien días de huelga de hambre.
Siguiendo con la tónica de las preguntas... El verdugo, ¿se fue de vacaciones?
***

El verdugo también sale de vacaciones

Durante el día se baña en el océano
que guarda a algunas de sus víctimas.
Durante la noche oye retumbar
sobre toallas mojadas
los golpes de laques de las olas.
En pie al alba teme, pero examina
lo que arroja la marea
por las noches a la playa:
esas medusas reventadas, esas jibias
con ojos deformes casi humanos.
Gonzalo Millán
(De Seudónimos de la muerte; 1984)

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