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miércoles, 1 de abril de 2009

Así cae mi pueblo


Sin tantos flashes. Opacado por la noticia del deceso de un viejo cacique del sistema. Con un apenas "muere un manifestante", en algún recuadro de algún medio, y porque pasó en Europa, donde se reunía el G-20. Y ante algún infaltable comentario que elogiará de todas maneras a la policía del Primer Mundo, humana, sin armas letales.

Y gracias. Cuando las cooredenadas son, en cambio, las del suburbio, ni eso, ni noticia. ¿Como le ha ocurrido al joven Luciano Arruga? ¿Otro Miguel Bru? ¿Hablarán las artistas de vodevil de la inseguridad por esto? ¿Dirán de la policía que quien mata tiene que morir?

La prensa manda. Aquí y allí. A la fosa común de la noticia.
Así cae mi pueblo. Y aquí.

***

Aquí cae mi pueblo

Aquí cae mi pueblo. A esta olla podrida de la fosa
común. Aquí es salitre el rostro de mi pueblo.
Aquí es carbón el pelo de las mujeres de mi pueblo,
que tenían cien hijos y que nunca abortaban como las meretrices
de los salones refinados en que se compra la belleza.

Aquí duermen los ángeles de las mujeres que parían
todos los años. Aquí late el corazón de mis hermanos.
Mi madre duerme aquí, besada por mi padre.
Aquí duerme el origen de nuestra dignidad:
lo real, lo concreto, la libertad y la justicia.

Gonzalo Rojas
(En "Desde abajo", en el libro Contra la muerte y otras visiones; 2007)

viernes, 15 de febrero de 2008

Uno escribe en el viento

Gonzalo Rojas; poeta. Más de noventa años, y toda la poesía que en consecuencia cabe allí.
Pues, siendo tan grande este hombre, ha de presentarse él solo.

***

Uno escribe en el viento

Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,
que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.
Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga
ni volumen de nada.

Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro
para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo
será que me encuadernen el animal. Poeta
de un tiro: justiciero.

Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos
de la galaxia ciega desde donde vinimos
con esta luz tan pobre a ver el mundo.
Vinimos, y eso es todo.

Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,
pero entramos llorando al laberinto
como si nos cortaran el origen. Después
el carácter, la guerra.

El ojo no podría ver el sol
si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen
si es verdad esa estrella, o es también escritura
de la farsa.

Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
los pescados muertos. Que lean a los otros.
A mí con mis raíces.

Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
colgado de mis pies y a mi abuelo colgado
de los pies de mi padre. Porque el minero es uno,
y además venceremos.

Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
con las tablas al hombro. Y el fusil. Una casa
para América hermosa. Una casa, una casa.
Todos somos obreros.

América es la casa: ¿dónde la nebulosa?
Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo
para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre
lúgubremente solo.

Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,
sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.
Pero el dinero pudre con su peste las aguas.
Cambiar, cambiar el mundo.

O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras
cráter de las ciudades bellamente viciosas.
Cementerio volante: ¿dónde la realidad?
Hubo una vez un niño.

Gonzalo Rojas

(De Contra la muerte; 1964)

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