sábado, 17 de mayo de 2014

el guerrillero Hermes

 Hermes Peña, en su casamiento, del cual
Guevera fue uno de los testigos.

En el decálogo no escrito de todo buen progresista, figura entre los primeros términos tener un póster del Che cerca de su mesita de luz, o en su defecto, presidiendo su living. No está mal, excepto porque el buen progresista es enemigo declarado de los gerrilleros actuales, o los guerrilleros pretéritos que no triunfaron, o incluso de los jóvenes que hoy cortan puentes -mucho más allá de las postales- y se cubren la cabeza con pañuelos... El buen progresista admira el sistema sanitario y educativo de Cuba. Eso está muy bien. Excepto porque el buen progresista se horrorizaría al saber lo cruento de las batallas en la sierra y el llano para expulsar a quienes hacían de la isla el garito y lupanar del país del norte, paso previo indispensable para que hoy haya menos desnutrición en Cuba que en el Conurbano bonaerense.
Ha pasado medio siglo. Fuera de la agenda de la prensa seria, pero también de buena parte de la prensa de izquierda y alternativa, se han cumplido cincuenta años de aquel intento insurreccional en Salta. Hace medio siglo, en la selva de Orán se intentaba desarrollar una experiencia que replicara los inicios del triunfante proceso revolucionario cubano. Con ese parentezco político e ideológico, muchos experimentados combatientes iniciaban el desarrollo de la guerrilla marxista en nuestro país.
Entre ellos, Jorge Ricardo Masetti, "Segundo"; fundador de Prensa Latina y hombre de confianza del Che. Entre ellos, Hermes Peña, de la escolta de Guevara. Este joven guerrillero, cargó en su mochila sus veinticinco años y una revolución triunfante; atravesó la media docena de países que separaban su selva de esta otra, ajena y propia a la vez. Dejó allí a su esposa y pequeña hija para siempre. 
El resto es historia conocida. Derrota, muerte, tortura. Y, se sabe: "Ellos dieron con sus huesos en la muerte", dijo un poeta.

Pero no todo es olvido. Cincuenta años después, vuelve Hermes. El guerrillero que a duras penas aprendió a escribir en el monte; el de nombre homérico y coraje de héroe, vuelve. Todavía carga su mochila, todavía porta su risa de toda la cara; todavía va izando su verdad, lejos de las postales y escrita con sus huesos. 

***

despedidas de Hermes, o su verdad (escrita en una carta despachada

o hundida para siempre con sus huesos)



“Allí, al verse los guerrilleros cercados por la intervención de otra patrulla

 procedente de El Bananal, entablaron un intenso tiroteo, cayendo dos guerrilleros,

 que al ser identificados se comprobó que se trataba de Hermes Peña,

de nacionalidad cubana, y el guerrillero Jorge.”

[del Informe de Gendarmería Nacional Argentina en Salta;

sobre el E.G.P., año 1964]



“Ellos dieron con sus huesos en la muerte y ahora

ya somos un país cualquiera”

[de “orán”; Alberto Szpunberg]



I



...es decir, vida mía,

no sé si he de volver;

y te dije espérame...

y digo no sé

si regrese nunca;

pero has de decirme, amor, cómo,

cómo hago yo para no estar acá

y seguir siendo;

es decir,

¿puedo acaso no estar acá

en este monte, rizándole la maleza y

apartándosela tierno?

¿podía acaso éste

tu negro

velar

por nuestra niña

sin velar por todas

las niñas, las del monte,

las madres niñas de esas niñas, y

desentenderme, nada más,

yo capitán, de los límites,

los miles límites

difusos de esta patria que hoy se ensancha?

...y sí, tenías razón

porque no sé si he de volver;

adiós, cuida a la niña, te quiero más que nada;

es decir,

te quiero

amor

como a la patria.





II



(escrita en una carta despachada

o hundida para siempre con sus huesos,

la letra torturada y primigenia,

una voz ancestral que se propaga;



la voz que va a escribir tan virginal

retomando a su vez los viejos trazos

de las voces que laten desde el vientre:

de esclavos cimarrones o guerrillas;



las voces de otros Hermes que pregonen

verdad, verdad, verdad a cuatro gritos;

verdad que no repare en lo prolijo



o engorroso de su letra novata

que mana en esta selva suya y otra.

Verdad escrita o dicha con sus huesos.)



Mariano Garrido;
En Renglones apócrifos

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