jueves, 30 de mayo de 2019

#SantrichLibre



La dignidad rebelde no se rinde así como así. Más de medio siglo de insurgencia y resistencia en Colombia: un digno hijo de esas luchas como Jesús Santrich, alza su puño nuevamente al viento.
Sin más apóstrofes: poema de Angye Gaona, dedicado al líder político que recuperó su libertad. 

La lucha sigue.

***


#SantrichLibre

Con que teníamos un alma
y nos la han apresado
Pues vamos hasta donde esté
una vez a buscarla
y otra vez
Que suene la misma canción
y se levanten las copas
y nos espere el camino
Que para la gente sin alma
no pasa el tiempo
Y mañana partamos
al amanecer
después de que saques
el carrao de la flauta
Todos aquí sabemos
que un hombre mínimo se llevó el alma
de este país a los abismos
Pero, celebremos
que ya volvemos a buscarla
una vez y otra vez, ¡ajúa!
Que somos muy testarudos
en eso que llaman paz en las afueras
de los límites territoriales
Eres un pájaro de colores
que me encontré en un sueño
Tú me contabas el mito
que te dieron a guardar
en cuatro lenguas
Hubo una vez una parranda
de la que salimos ilesos
salvo las lágrimas negras
de todo este bolero
que tenemos por país

Angye Gaona; 30-05-2019

sábado, 25 de mayo de 2019

Despatriados, despatriadas




Es sabido. Lo dijo un pensador, que además de filósofo y teórico de la revolución social, fue poeta. Los pobres no tenemos patria. Es así porque nos la han negado desde siempre.
O bien tenemos una que nos es ajena.
Mi patria, por ejemplo, del tiro de gracia. Mi patria de vaquitas de otros y de guachitos con anemia que toman leche rebajada con agua. Mi patria de perros guardianes, desclasados, siempre con los dedos en la lata, siempre dándole al gatillo alegre, al decir de Walsh. La de funcionarios que instruyen y bendicen al sicario, y se persignan ante sus masacres cuando éstas escandalizan al electorado más de la cuenta.
La de 6.500 muertos por balas policiales y estatales desde el regreso de una democracia raquítica, incompleta por donde se mire, donde los ricos siguen teniendo derechos y el pueblo obligaciones, gobierne quien gobierne. La que mata guachitos, en la que los pobres no tienen (como pensaba Anatole France) siquiera la libertad de vivir bajo los puentes sin que hasta ahí los persigan y los traten de quemar vivos.
La patria en que es posible que el matonaje policial corra a tiros a cinco pibes y pibas, masacre a cuatro, patee lejos y desprolijamente las vainas de los proyectiles y amenace obscenamente a sus familias para que no abran la boca.
   
Mi patria, también, alumbrada a empujones y mil veces robada. La de los negros y negras, el mestizaje, la indiada, el gaucho sin tierra, la peonada fusilada y deslomada por el yugo y el rebenque. También la del pobrerío que se retoba. La de los ecos de las revueltas populares, del barro sublevado. Patria que, como decía Julio Huasi, será alguna vez alegría y nos verá vencer.

***

Guachito

Nadie le enseñó a la luna a deshacerse
en veintinueve noches y media,
ni a engordar después como un tazón de leche.
Y no hay nadie, acaso,
que se pregunte quién le enseñó a soñar a él.

Él sueña en la dársena del día
que una madre le acaricia el pelo mojado
(pero al despertar, allí no hay nadie);
sueña que lo tiene en su regazo alguien más que la lluvia
(y que nadie lo ahuyenta de un umbral en madrugada).

(Su casa sin paredes es una vereda interminable,
su país son seis baldosas frías donde sueña
tapado con papeles)
¿Puede nacer
del hielo del rocío
un sueño hecho de brasas?
(Él sueña
que no fue en sus ojos
de guachito sin nadie de la mano
donde se inventó el espanto.)
Él sueña:
con un barco
de cáscara de pan,
y a bordo
surca las crines de la noche,
los mares donde encuentra
tesoros escondidos;
entonces, toma entre sus manos pequeñas y ajadas
y se la bebe, como un tazón de leche tibia,
a aquella gruesa y cruel
luna de junio.


Mariano Garrido – 24/05/2019

miércoles, 17 de octubre de 2018

dos mil uno


Se acerca diciembre. Eso pasa cada doce meses, inexorablemente, podríamos decir. Sin embargo, bajo la piel de este diciembre palpitan otros, algo lejanos, pero a los que se les puede tomar el pulso y constatar su vida mediante sus latidos, lejanos pero regulares. Si uno para la oreja, si uno acerca la cara al asfalto, si uno trata de indagar en el viento, lo siente. 
"A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos", escribió alguien con maestría. Quién sabe. Más allá de que este diciembre caliente que se asoma no sea un segundo hemisferio calcado del primero, hay semejanzas. Y también certezas: hemos aprendido algunas cosas. Esta vez, trataremos de equivocarnos menos; es decir, de acertar más.

Porque esta vez diciembre deberá ser definitivo e irrevocable.


***



dos mil uno

En los últimos días de aquel año,
esta calle era más ancha.
Entonces sobresalían rieles, adoquines.
Y había una casa. Y su escalera interminable.
En esa calle, en esa casa
viví.

Camino con mi hijo de la mano. Tal vez
él no escuche cómo tose su canción ahora mismo
el Polaco Goyeneche, ni vea el humo subiendo por Caseros. Sé
que en esta calle caminé con otros.
Y quién sabe dónde, ahora... Pero entonces
tirábamos piedras a caballos, y acertábamos.
Con otros sumé tablones a una hoguera
que derritió el asfalto para que asomen viejas vías.

Mi pibe mira indiferente esa escalera interminable, me tira de la manga.
(Acá subí de dos en dos; acá, también, cuesta abajo,
cargué en un flete, solo, mi cama alguna vez.)
En esa calle en que hubo un sacramento de gases, perdigones,
mi hijo me reclama que sigamos viaje; que por qué me quedé ahí,
como estaqueado. Y yo
miro callado esta vidriera de quiniela, la memoria,
sin saber muy bien qué número buscar.
(Acá viví, acá
gasté mis desvelos; acá le pedí fiado a la suerte, algún diciembre;
acaso para que pueda guiarme, ahora, un crío de la mano,
como de la mano íbamos entonces con otros,
improvisando canciones y banderas;
acaso,
para que estés nacido).

Caminamos, nomás. 

Mariano Garrido

sábado, 18 de agosto de 2018

Lorca por Hernández: cuando fusilaron al poeta


Fue un 18 de agosto que no es éste, pero pudo parecerse. Entonces fusilaron al poeta.
Cuando se marchitaron todas las azucenas, pisoteadas por las botas de un racimo de animales. Cuando se callaron todos los pianos, solo para volver a hablar en el idioma de la pena. Cuando el verde que es vida cedió ante la luna que es muerte.
Fue en agosto y fue en Granada. Fusilaron a Federico.

Retomando las palabras de Miguel Hernández, fue el inicio de la tragedia española.


"Comienza la tragedia española la muerte del poeta Federico García Lorca, asesinado por el fascismo en agosto y en Granada, muerte en agosto como el “Amargo” de su romance. La desaparición de Federico García Lorca es la pérdida más grande que sufre el pueblo de España. Él solo era una nación de poesía. Desde las ruinas de sus huesos me empuja el crimen con él cometido por los que no han sido ni serán pueblo jamás y es su sangre, bestialmente vertida, el llamamiento más imperioso y emocionante que siento y que me arrastra hacia la guerra. Es su sombra, desaparecida de sus pies, y es su voz, arrancada de su lengua a tiros, la que me empuja irresistiblemente con un violento deseo de venganza. Me siento más hombre, más poeta, y un día cogí el fusil que me correspondía, después de cavar trincheras que han regado tantas sangres nobles."

Miguel Hernández. En "Un acto en el Ateneo de Alicante". 22 de agosto de 1937.


sábado, 28 de julio de 2018

Poesía para matar a la muerte; poesía para hablar del día




Valencia, España; julio de 1937. Los escritores en defensa de la cultura y en contra del fascismo se reúnen en un congreso. Lo hacen en una España bombardeada por los militares golpistas y por la aviación nazi, aviación que dos meses antes arrasó Guernica masacrando cientos de civiles.
En una ponencia colectiva, los escritores congregados en Valencia declaran:
“…Nosotros, jóvenes escritores, artistas y poetas, para conquistar esa categoría humana a que aludimos, (…) declaramos aquí, en un Congreso de Escritores precisamente, que como escritores y artistas y como hombres jóvenes, luchamos, disciplinada, serena y altivamente, sin demagogia, sin truculencia, allí donde el pueblo español nos diga. (…) Así, con una responsabilidad serena y muy consciente y voluntaria disciplina, queremos colaborar con nuestro pueblo a ganar la guerra, a conquistar por ese único hecho, sólo y sencillamente: el hombre”.
Entre quienes suscriben esa declaración se encuentra Miguel Hernández. Como varios de sus compatriotas, sabrá sostener con su cuerpo aquellas palabras.

(Fotografía: Miguel Hernández en el Congreso de Escritores Antifascistas; Valencia, 1937)

Viernes 3 de agosto, 18.30hs. Presentación de Miguel Hernández. Un ruiseñor en la batalla. 
Av. Belgrano 2527. (CABA) 

***


LLAMO A LOS POETAS

Entre todos vosotros, con Vicente Aleixandre
y con Pablo Neruda tomo silla en la tierra:
tal vez porque he sentido su corazón cercano
cerca de mí, casi rozando el mío.

Con ellos me he sentido más arraigado y hondo,
y además menos solo. Ya vosotros sabéis
lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo.
Andando voy, tan solos yo y mi sombra.

Alberti, Altolaguirre, Cernuda, Prados, Garfias,
Machado, Juan Ramón, León Felipe, Aparicio,
Oliver, Plaja, hablemos de aquello a que aspiramos:
por lo que enloquecemos lentamente.

Hablemos del trabajo, del amor sobre todo,
donde la telaraña y el alacrán no habitan.
Hoy quiero abandonarme tratando con vosotros
de la buena semilla de la tierra.

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula
sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.
Ya sé que en esos sitios tiritará mañana
mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,
la palabra con toga, la pantera de acechos.
Vamos a hablar del día, de la emoción del día.
Abandonemos la solemnidad.

Así: sin esa barba postiza, ni esa cita
que la insolencia pone bajo nuestra nariz,
hablaremos unidos, comprendidos, sentados,
de las cosas del mundo frente al hombre.

Así descenderemos de nuestro pedestal,
de nuestra pobre estatua. Y a cantar entraremos
a una bodega, a un pecho, o al fondo de la tierra,
sin el brillo del lente polvoriento.

Ahí está Federico: sentémonos al pie
de su herida, debajo del chorro asesinado,
que quiero contener como si fuera mío,
y salta, y no se acalla entre las fuentes.

Siempre fuimos nosotros sembradores de sangre.
Por eso nos sentimos semejantes del trigo.
No reposamos nunca, y eso es lo que hace el sol,
y la familia del enamorado.

Siendo de esa familia, somos la sal del aire.
Tan sensibles al clima como la misma sal,
una racha de otoño nos deja moribundos
sobre la huella de los sepultados.

Eso sí: somos algo. Nuestros cinco sentidos
en todo arraigan, piden posesión y locura.
Agredimos al tiempo con la feliz cigarra,
con el terrestre sueño que alentamos.

Hablemos, Federico, Vicente, Pablo, Antonio,
Luis, Juan Ramón, Emilio, Manolo, Rafael,
Arturo, Pedro, Juan, Antonio, León Felipe.
Hablemos sobre el vino y la cosecha.

Si queréis, nadaremos antes en esa alberca,
en ese mar que anhela transparentar los cuerpos.
Veré si hablamos luego con la verdad del agua,
que aclara el labio de los que han mentido.


Miguel Hernández;

del libro El hombre acecha, 1937
 

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