miércoles, 16 de agosto de 2017

En la frontera







En los bordes de nuestra tierra hay, todavía, desaparecidos. Los perpetuamente secuestrados por la dictadura cívico-militar, desde ya. Pero también los que nos legó una democracia de cartón pintado en la que no solo es posible que el país de las vacas produzca guachitos con anemia. No; también aquí puede que un testigo que declare contra represores sea secuestrado por segunda vez, que un pibe que se niegue a robar para la policía se transforme en un muerto enterrado como NN, o que un manifestante sea arrastrado por gendarmes en la estepa para no ser visto nuevamente. Y todo esto puede ocurrir con el consenso de una porción nada despreciable de la población.
La fuerza que debe custodiar las fronteras nacionales es la responsable de apalaear y tirotear rutinariamente a los habitantes ancestrales de esta tierra. Esa misma fuerza, que es la denunciada por la desaparición forzosa de Santiago Maldonado desde el 1 de agosto, en Cushamen, Chubut, es la encargada de investigar el caso, de investigarse. La podredumbre asciende, cada vez más a la vista, desde el subsuelo patagónico, sus latifundistas, y sus matones verdeoliva a sueldo, hasta la misma casa de gobierno.

Paradojas. Sinsentidos. Cosas que ocurren en la frontera. Allí, donde limitan las estancias de los ricos entre los ricos con el pueblo mapuche y sus casillas rudimentarias. En ese límite que los mercenarios sin patria y renegados de su clase van corriendo cada vez más; ese que cuidan celosamente del pueblo que lucha, justamente, por su lugar en esta tierra.


***

Desaparecido II

Yo no soy y soy ninguna parte.
Yo no puedo y lo que puedo es nada.
Yo no estoy.
Apenas una sílaba pero en verdad más nada.
Un tiempo ayer, ceniza.
Viento por todas partes. No entro ni salgo,
yo no digo buenas noches, no beso, no
utilizo sombrero,
porque jamás. Y soy ninguna parte.

Se terminó –dijo la vida de un portazo- y yo
no vuelvo y cuando vuelvo quedo a mitad de camino.
No puedo y si pudiera es casi o menos que eso,
apenas una fecha en el papel ajado de tus labios.

Allá van las barajas de mano en mano y estos
dados de sangre rodando a la deriva.
Yo sueño si me sueñan.
Pero a veces escucho; hay una voz,
me sabe de memoria.
Hay un nombre tan cerca que dan ganas de usarlo.

Jorge Boccanera,
de Polvo para morder; 1986

miércoles, 9 de agosto de 2017

Destierro y desaparición: la voz rebelde del valle no apaga su eco






En 1812, hace unos doscientos cinco años, algunos patriotas se organizaban secretamente para pelear por la emancipación americana. Entre ellos estaba un hombre de unos treinta y tantos años, José de San Martín. El nombre que eligieron para su logia clandestina fue el de un cacique araucano: Lautaro. Lautaro, el mismo que puso fin a los días de Valdivia, el conquistador. Un antepasado de aquellos mapuches que hoy, también en nombre de la patria (no la nuestra), la oligarquía quiere exterminar.
En el vértice opuesto a la lucha por la emancipación americana, que incluyó y sigue incluyendo a los pueblos originarios como sujetos, en nuestros días brotan desde los desagües de la historia argumentos que, como es esperable, huelen a podrido. Embebiendo sus plumas el agua estancada intelectual y moralmente de donde emergen, los escribas y cagatintas al servicio del pagador de turno desparraman su periodismo cloacal. Señalan con dedo acusador al pueblo mapuche por ser “ajeno a nuestra patria”, nos dicen. Los defensores de oficio o rentados de los Benetton o Lewis, pero también de los Braun Menéndez o Anchorena, condenan la justa rebeldía mapuche, la de quienes no se resignan a morir en la miseria y reclaman un puñado de tierra. Hoy, las fuerzas represivas herederas de la “Pacificación de la Araucanía” en Chile, o de la “Conquista del Desierto” en Argentina, desaparecen a un joven militante en la Patagonia, salen a cazar a tiros a pobladores originarios, queman sus rucas a plena luz del día.
Mientras nos seguimos preguntando dónde está Santiago Maldonado y exigimos su aparición con vida; mientras condenamos a los ministros de la miseria que, cada vez más, tienen sus manos retintas en sangre, tomemos la voz de aquellos valles donde desde hace siglos un pueblo pelea con valentía por su lugar en esta tierra.
     
***


Aún deseo soñar en este valle

Las lluvias tocan las cuerdas
de su aire
y, arriba, es el coro que lanza
el sonido de la fertilidad
Muchos animales hubo -va diciendo
montes, lagos, aves buenas palabras
Avanzo con los ojos cerrados:
Veo, en mí, al anciano
que esperando el regreso
de las mariposas
habita los días de su infancia
No me preguntes la edad -me dice
y estaré contento
¿para qué pronunciar lo que
no existe?
En la energía de la memoria
la Tierra vive
y en ella la sangre de los
Antepasados
¿Comprenderás, comprenderás
por qué -dice
aún deseo soñar en este Valle?


Petu kvpa pewmalen tvfachi Mapu mew

Mawvn nvtrvgkvnutufi kvrvf
ñi trarin
ka, wenu, ti fvtra vl tripayzugun
fillem ñi feypiley ñi neal choyvn
Mvlewma fentren kulliñ -pilerpuy
mawizantu, pichike lafken
vñvm kvme zugu
Umerkvlen amun:
Iñche ñi pewi mu, kiñe fvcha
kizu vgvm ñi wiñomeal ti
pu llampvzkeñ
ñi pichike gemun tremkvlen
antv mew
Ramtukenueli tunten tripantv
ñi nien pienew fey mu
ayvwkvlean
Chumael tukulpageafuy ti genolu?
Ñi newen tukulpan mew mogeley
ta Mapu
ka fey mu mvley taiñ Kuyfikeche
tañi mollfvñ
Kimaymi, kimaymi, chumgelu -feypi
petu kvpa pewmalelfun tvfachi
Mapu mew? 


Elicura Chihuailaf;

en De sueños azules y contrasueños, 1995-2000

Disponible aquí.

domingo, 6 de agosto de 2017

Fotos



Fotos

"Hallan asesinada a Anahí, la adolescente desaparecida. 
Estaba enterrada. No se sabía de ella desde el sábado. Tenía 16 años."
5-8-17




Todo el tiempo se apilan centenares de fotos
en ningún lado.
Es de noche y de pronto 
sos una imagen en la pantalla.
(Te nacen flores en la risa y en el pelo,
porque tenés dieciséis en esa foto). Pero hoy
son los tuyos los que te buscan, y aparición con vida,
y vivas nos queremos, cuando ayer
llevabas vos un cartel con una foto.

Te llamás Melina, Nadia, Araceli, Micaela, Nadia nuevamente.
O Anahí.
(Me pienso padre y repaso; el porvenir, 
vale decir, todo lo que vendrá
puede caber entre dos manos, pesar 
tan solo unos tres kilos, no saber
sino llorar. Y perpetuarse, también, en una foto. Porque todo lo bello
del mundo puede ser también todo lo frágil del mundo. Me pienso padre
y comparezco ante un teclado y digo
que nadie cría hijos
para que la tierra los devore.)

Cuando escriban 
la crónica de nuestros días,
quedarán como testimonio miles de fotos, y en ellas
la miseria de nuestro tiempo,
pero también el coraje
de quienes despreciaron el silencio.

El porvenir, todo lo frágil, puede acunarse entre dos manos
y ser destruido en un segundo.

Pienso, entonces, que hay que desaprender el llanto innato,
liquidar la muerte con violencia.

Mariano Garrido

jueves, 13 de julio de 2017

Pedro Garfias: poesía a golpe de dinamita

http://new.oceansur.com/media/uploads/catalogue/publications/books/poesia-como-un-arma.pdf
(click en la imagen para descargar gratuitamente la antología completa)



Julio trae invariables recuerdos. Ecos de una guerra repleta de heroísmo, que a pesar de ello se perdió. A golpe de dinamita suenan los veros de Pedro Garfias. El poeta nació en Salamanca en 1901. Desde su juventud colaboró en diarios y periódicos. En 1922 fundó la revista Horizonte, donde publicaron, entre otros, Antonio Machado y Federico García Lorca. Participó en la revista Octubre que dirigía Alberti, y en El Mono Azul y Hora de España. Además tuvo un rol activo en la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Desde lo literario, en su juventud estuvo vinculado con diversas expresiones vanguardistas; desde lo político, pasó de simpatizar con el anarquismo, a un vínculo con el Partido Comunista. Durante la guerra fue poeta y combatiente en el frente de Córdoba. En el año 1938 recibió el Premio Nacional de Literatura de parte de un jurado que contaba con la presencia de Machado. Durante la contienda publicó Poesías de la guerra española y Héroes del sur. Al triunfar la derecha, su derrotero incluyó el paso por un campo de refugiados en Francia y el exilio, primero en Gran Bretaña y luego en México. Se destaca su libro del destierro inglés Primavera en Eaton Hasting. Poeta poco recordado, e injustamente excluido de la mayoría de las antologías, murió en desterrado e indigente en México, en 1967.

LOS DINAMITEROS


Mineros de Linares
y de La Carolina
qué bien rima mi pecho
con vuestra dinamita.
Cuando en la sierra brava
Alguien dio la consigna,
surgisteis de las bocas
obscuras de las minas
con un fulgor alerta
rodando en las pupilas.
Hacia Córdoba triste
la lucha se encendía,
la lucha se apagaba
con pausas de agonía.
Milicias de Jaén,
que Peris acaudilla
y el ímpetu templado
de Ballesteros guía,
frenaban el avance
del bando fratricida.
Carretera adelante,
abierta la sonrisa,
la honda en la cintura
y las manos vacías,
paso a paso llegasteis,
a la hoguera encendida.
¡Y allí fue vuestro nervio
la hoz de la justicia!
Hoz que siega ambiciones
y aplasta tiranías,
que descuaja raíces
y altos muros derriba
y en abismos de la muerte
la muerte precipita.
¡Donde explota un cartucho
florece un nuevo día!
Mineros de Linares
y de La Carolina:
qué bien rima mi pecho
con vuestra dinamita.

Pedro Garfias

(En Romancero de la Guerra Civil Española)


MILICIANO MUERTO


Qué dulce muerte le dio
la bala que lo mató.

Le vi sobre la trinchera
derribado
con el fusil empuñado.
Tiernos paisajes en flor
le fluían a los ojos
que la muerte no cerró.
Yo vi en sus ojos su vida.
Vi su niñez espantada,
su juventud desolada
sin una interrogación.
Y vi sus días iguales.
Y vi su resignación.

Qué dulce muerte le dio
la bala que lo mató.

Le sacudieron los vientos
rebeldes el corazón.
Con el fusil en la mano
y en la garganta un clamor
salió a defender su tierra,
la que nunca poseyó.

La muerte le ha derribado
con brusquedad de ciclón.

Camarada miliciano:
la bala que te mató
se fue cantando la gloria
de un hombre que se salvó.
Porque has muerto por el pueblo
¡qué dulce muerte te dio
la bala que te mató!


Pedro Garfias


(En Poesías de la guerra española; ambos incluidos en Poesía como un arma)


***

Pedro Garfias. Poesía a golpe de dinamita.*

Las vanguardias estéticas de principios del siglo XX y su repercusión en España (el Ultraísmo, la Generación del ’27). La Guerra Civil Española (la difusión de la cultura y el frente de batalla). El exilio americano. En medio, Pedro Garfias.
En esta historia hay vaivenes, cimbronazos, traqueteos. Como en el viaje cansado de un barco por el mar interminable, como en la marcha a veces brusca de un soldado por los frentes de batalla, como en el paso a veces curvo de un viejo, o un ebrio que busca su casa sin reparar en que se halla a miles de kilómetros de ella. En esta historia están esos vaivenes, y además un barco, y además un soldado, y además un viejo que cede ante la pena y bebe más de lo prescripto. Y además, un poeta.

Un soldado
Cuenta la historia que en el inicio de abril de 1937 la ciudad española de Jaén, en Andalucía, recibía una terrible andanada de bombas prodigada por la aviación nazi al servicio de Franco y de Queipo de Llano; los nacionales expresaban así su consignas de amor a la patria. El ataque aéreo en cuestión devastó poblados civiles; dejó cerca de 180 muertos entre los habitantes de Jaén y alrededores, zona todavía republicana. Una media docena de aviones de la Legión Cóndor alemana había bastado para la masacre. Ese bombardeo, cruento en extremo, era tan sólo un esbozo de otros peores, como el que realizaron las mismas fuerzas sobre la ciudad de Guernica tres semanas más tarde, y como los que siguieron efectuando los nazis, siempre creciendo en su bestial magnitud, tanto en la Guerra Civil Española como también durante la IIª Guerra Mundial. Cuenta la historia en sus disímiles páginas, más o menos documentadas, la muerte de los niños, el llanto de las madres, la rabia de los hombres.
Fin del bombardeo. En un improvisado mitín realizado en el municipio de Andújar, en las afueras de la ciudad de Jaén, se insta al combate y se discute sobre los pasos a seguir. La guerra ya lleva casi un año, pero circunstancias de urgencia como ésta se reeditan constantemente. Cuenta la historia (que aquí se da la mano con la leyenda) que entre las arengas una voz anónima, de soldado quizás, pero seguro de obrero o campesino rústico, hizo un pedido antes de que finalizara la reunión. Esos pobladores y soldados, sacudidos aún por el rugido aéreo de los Junkers cuyo eco flotaba en el aire junto al polvo de los escombros, escucharon a pedido de uno de los presentes una proclama final. Como si el rencor de tanta bomba sobre sí no fuera suficiente para encender cualquier pecho, por intermedio de un simple poblador se recitaron como cierre de la reunión unos versos de combate del poeta Pedro Garfias. Este episodio, según dicen, es recordado por el militar republicano Antonio Cordón García en sus hoy inhallables memorias. Los poemas recitados, como las circunstancias más puntuales de este encuentro de soldados y pobladores, se disuelven fuera del registro; no sabemos, entre otras cosas, qué fue lo que se discutió, ni cuáles versos se recitaron en ese momento. La crónica, en cambio, recoge que a la finalización de cada poema, la sucedía un pedido de que se recitase otro, y otro, todos conocidos textos del poeta Pedro Garfias. Si se permitiese un pequeño desliz, un anacronismo, apartarse por un momento de los sucesos y su secuencia para ubicarnos transitoriamente fuera de lo que realmente pasó, sería atrayente imaginarse al propio poeta declamando con su vozarrón entre los soldados, allí mismo y en ese preciso momento:

“Muerte que estás escondida en la noche,
no me das miedo.
Si es que te asustan la noche y las sombras
yo iré a tu encuentro.
Hoy o mañana vendrás a buscarme
y me hallarás como siempre en mi puesto.
(...)
Sé a lo que vine, por eso te busco;
sé a lo que vine, por eso te espero.
Bajo la guardia febril de mis ojos
mil corazones palpitan serenos.
Te venceré porque soy el más fuerte.
¡Tú eres la muerte! ¡Yo soy el pueblo!”


Un poeta
Los versos anteriores pertenecen al poema “Miliciano de guardia”. Y Pedro Garfias los escribió poco después de los bombardeos fascistas sobre Jaén. No los recitó en aquella ocasión, eso está claro; pero sí lo hizo ante soldados muchas otras veces. Sus líneas encendidas nunca se limitaron a una pulcra composición, ni a un fogonazo presumido. Pedro Garfias fue, entre muchas cosas, también él uno de esos milicianos que pelearon cuerpo a cuerpo contra los golpistas durante la Guerra Civil Española. Realizó en aquel tiempo una consecuente labor desde el plano de la cultura y la propaganda, y además peleó como soldado. Hacia la primera mitad de 1937 recitaba sus versos desde el Altavoz del Frente, tal como por ese entonces lo hacía entre otros Miguel Hernández. El Altavoz era un órgano de propaganda que difundía noticias, proclamas, canciones y poemas bélicos a pocos metros de las líneas de combate, valiéndose para ello de amplificadores. Desde allí no sólo se trataba de acrecentar la moral del bando propio, sino que muchas veces aprovechando la cercanía de las trincheras enemigas, también se instaba a los soldados rivales a abandonar sus filas y sumarse a la causa popular. Otros poemas recitados por este medio también tenían por efecto ridiculizar a los militares falangistas, al clero y a los “señoritos”; formaban parte de una vasta tradición de composiciones burlescas, actualizadas en ese caso por las circunstancias más inmediatas. Para estos meses, Garfias comparte con Miguel Hernández no sólo su intervención en el Altavoz. Ambos comparten su trabajo militante en el periódico Frente Sur, editado por ellos en Jaén; comparten su adhesión hacia el Partido Comunista Español; y fundamentalmente, comparten su cualidad de poetas-soldados. 

En la poesía bélica de Garfias, como en la que la antecede y sobreviene, hay una reconocible musicalidad. Sus poemas están llenos de música, pero no sólo de música; sus versos tienen qué decir, y lo dicen sin demasiado retorcimiento. Probablemente por eso han logrado calar hondo en el pueblo, que en particular durante la Guerra Civil los recitaba como propios, y no sólo por su rima dúctil. La sonoridad, tal como ocurría con los versos pregonados por los más remotos juglares, organiza y estructura la composición; la hace regular y facilita su recitado y su retención. Recuerdan muchos que Garfias solía declamar de memoria sus versos en vez de leerlos, a tal punto que se cuenta que ha llegado a dictar a sus editores poemarios enteros, diciendo que sus manuscritos eran él mismo. Sin embargo, su escritura despojada, su simpleza –lograda mediante el trabajo exhaustivo y meticuloso sobre el material verbal y su depuración–  están en la orilla contraria al simple juego sonoro. Garfias, como muchos otros poetas influidos por el ultraísmo, despreciaba la poesía amanerada y ornamentada que   se había heredado de fines del novecientos. También fue crítico de la llamada “poesía pura”. Respetuoso y admirador de Juan Ramón Jiménez, no vacilaba sin embargo en reprochar el esteticismo cerrado de los cultores de la poesía hermética y elitista: “¡adiós las revistas puras de versos inefables y de prosas sutiles, lanzadas al espacio como certeras flechas al blanco de una minoría de selección!”, expresaba en un artículo periodístico de mediados de 1933, desde El Heraldo de Madrid. Y agregaba dirigiendo sus dardos contra los guardianes del refinamiento en las letras y los metafísicos defensores de las torres de marfil: “sólo una época decadente, que ya lo tiene todo hecho, puede entregarse libremente al juego del espíritu y de la fantasía. Cuando invade la tierra un alba redentora, y en el silencio trémulo se oye el chocar de aceros de dos mundos en pugna, los escritores, como los obreros, como los políticos, tienen una misión que cumplir. Su arte es su herramienta, su arma[1]”.
Aquello expresaba el poeta, que siendo adolescente había sentido afinidad por las formas literarias del modernismo. El mismo escritor, luego de esa etapa, en 1919, se encontró entre los jóvenes que firmaron el manifiesto ultraísta proclamándose en contra del anquilosamiento en las formas de la escritura legadas, aquel modernismo en gran medida embalsamado. Exclamaban él y otros coetáneos en el manifiesto: “la literatura debe renovarse, debe lograr su ultra, como hoy pretenden lograrlo nuestro pensamiento científico y político”. En ese movimiento coincidió con él, siendo todavía un joven, Jorge Luís Borges. Éste llegó a publicar un poema de Garfias en la revista porteña Prisma. A su vez, desde la revista española Grecia, también ganada para el movimiento ultraísta, Garfias promoverá que se publique a Borges.  
El nacimiento de Pedro Garfias a la escritura se había dado en Sevilla, su lugar de origen. Pero es en Madrid donde se produce el salto. Garfias arribó a la capital española en 1918. Allí repartía su tiempo entre estudios de derecho y el mundo de las letras, priorizando esto último para disgusto de su padre. Por esos años simpatizaba con el anarquismo, y ya había realizado algunas colaboraciones para revistas de Sevilla, como Los Quijotes, donde publicó sus primeros versos. Nunca terminaría sus estudios universitarios; pero su vida literaria se ensancharía notablemente. Frecuentó la Residencia de Estudiantes, reducto progresista de enseñanza en Madrid. En esta institución conoció a jóvenes que serían grandes artistas e intelectuales de su época, como Gerardo Diego, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Rafael Alberti. En relación con este último, Garfias tuvo el orgullo de ser el primero en publicarle un poema. Fue en 1922, en la revista Horizonte, la última emparentada en forma directa con el ultraísmo, que el mismo Garfias con 21 años dirigía. Allí dio a imprenta tres poemas de Rafael Alberti, que por entonces oscilaba entre el arte plástico y la escritura. Desde Horizonte, con colaboraciones de Jun Ramón Jiménez y de Antonio Machado, se entablaba por esa época un diálogo entre los jóvenes influidos por las vanguardias y algunos exponentes de la literatura ya consagrados.
Garfias no permaneció mucho tiempo en Madrid. Poco después de la desaparición de la fugaz Horizonte, regresó a Sevilla, donde continuó escribiendo artículos y poemas para medios locales, como el periódico La voz de Écija, o la revista Alfar. En Sevilla publica su primer libro, El ala del sur, en 1926. En él reúne poemas compuestos entre 1918 y 1923. Ya en ese conjunto de textos se pueden ver rasgos de un enfatizado trabajo sobre el ritmo y lo musical de la palabra. También se dan desde un principio reescrituras estéticamente renovadas y actualizadas de canciones y formas tradicionales como el romance. En 1927 participa en el homenaje que se rinde a Góngora a trescientos años de su muerte. Ese homenaje nucleó a muchos jóvenes poetas, como a los mencionados Diego, Lorca y Alberti, y además a Pedro Salinas, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Concha Méndez, Juan Chabás, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Luis Cernuda y la lista continúa. Las actividades, que incluyeron conferencias y actos, además de poemas dedicados al escritor cordobés del Siglo de Oro, dieron origen a la denominación de Generación del ’27 para designar a esta camada de escritores.
Con Alberti, participará años más tarde de Octubre, la primera revista literaria de izquierda de España, fundada por aquél en 1933. El ejemplo de la revolución soviética alentaba a movimientos políticos y culturales en diversas latitudes. En un contexto de luchas obreras que pugnaban por transformar Europa y el mundo, y de la reacción de las clases propietarias impulsando al nazismo en Alemania y al fascismo en Italia para contrarrestar tales intentos, las aguas se dividían también en España. El 18 de julio de 1936 los generales, la iglesia y los terratenientes y empresarios ibéricos dan un golpe de estado en contra del Frente Popular electo recientemente, pero sobre todo, contra la posibilidad latente de un cambio profundo a favor de las mayorías. Se iniciaba la Guerra Civil; Garfias, junto a muchos otros hombres de la cultura y pueblo en general, estuvo en la primera línea de combate. En el plano cultural, participó de la Alianza de Intelectuales Antifascistas en España y firmó su manifiesto inicial. En 1937 editó su libro Poesías de la guerra con composiciones referidas al conflicto. Su calidad poética y su continuidad en la lucha como militante de la palabra le valieron el Premio Nacional de Literatura en 1938: su libro de poemas Héroes del sur compartió con Destino fiel de Emilio Prados los honores ese año; Tomás Navarro Tomás y Antonio Machado fueron dos de los jurados que lo distinguieron. Pero el poeta no se estuvo quieto; no conforme con esto, marchaba incesantemente, con paso duro, desperdigando plomo desde otras trincheras, que tenían tinta y papel, y además barro y piedra.


Un barco
La historia es conocida: los republicanos pierden la guerra. Derrota, exilio y menoscabo. Pelotones de fusilamiento y cárcel para el que se quedó en España. Campos de concentración y destierro para el que se fue. En muchos casos de ambos destinos posibles, la muerte; en todos, la humillación y la pena. Pedro Garfias marcha rumbo a un breve exilio inglés. En el archipiélago compone su poemario Primavera en Eaton Hastings, que como consignan casi todos sus articulistas, fue definido como el mejor poema del destierro español por Dámaso Alonso. Pronto se irá de Europa junto a 1.800 compatriotas más en un barco que navegará lentamente por el océano. No habrá retorno. A bordo del Sinaia, buque que llevaba refugiados españoles desde Francia al México de Lázaro Cárdenas, escribe y se lamenta. Su letanía que es viril, porque es la de un guerrero, ya nunca habrá de interrumpirse. Pedro Garfias, derivando sobre ese retazo de metal y madera, va con sus treinta y ocho años y una guerra a cuestas. Le restan veintiocho años de vida, o de exilio. No lo sabe del todo, pero ya siente ese peso. Se podría decir que ya por entonces era un viejo guerrero. Y siempre un poeta.
En México escribirá más o menos sistemáticamente: Elegía a la presa del Dnieprostroi (1943), y Río de aguas amargas (1953) se destacan en su producción. El primer poemario se conforma de textos que se alzan como homenaje a los soviéticos que pelean contra la invasión nazi durante la Segunda Guerra Mundial. La obra incluye cantos a la resistencia de Stalingrado y, digámoslo sin ocultamientos ni tampoco regaños simplones, un poema dedicado al propio Stalin. El segundo conjunto, su última publicación. Vibrante y cargada de pesadumbre, pero poéticamente arrolladora. Durante la década del ’40 y por unos pocos años, Garfias desempeñará un cargo académico en la Universidad de Nuevo León, en Monterrey; será hasta que lo dejen cesante por su inasistencia minuciosa a las clases que debía dictar y su incumplimiento cabal de los horarios que estaba mandado que cumpliese. Publicará algunos libros, siempre buenos; algunas recopilaciones, muchas veces urgido económicamente. Vivirá en la pobreza; sus amigos lo auxiliarán. Se enfermará y morirá. Se comentará en ciertos artículos su apego a la bebida y su pena honda. Proliferará el rescate de sus anécdotas de extravagante viejo exiliado en tierras mexicanas, muchas tan ciertas como poco definitorias: que jugaba al dominó por dinero en pocilgas para solventar sus tragos, que recitaba poemas a cambio de una copa, que escribía versos en servilletas de papel irremediablemente extraviadas. Muchos notables escritores, como su amigo, también poeta del exilio, Juan Rejano, lo recordarán con sus escritos. Otros, se aferrarán solamente a aquella imagen de viejo perdido y borrachín, cometiendo una gran injusticia poética en pos de cierto pintoresquismo. Terceros, de juicio tan veloz como liviano, lo denostarán con diciendo que al fin y al cabo fue tan sólo otro más de los poetas stalinistas. Alguno intentará alguna semblanza bienintencionada que se quedará a mitad de camino. A la mitad: como un barco que se va rugiendo y ya no vuelve más.

Un viejo
Como ocurre con otro poeta en parte contemporáneo a él, grandemente reconocido y comunista también, hay en sus últimos textos vaticinios o prefiguraciones de su propio final. Dice Garfias en “Recién muerto”, un poema de Río de aguas amargas:

“Me gustaría
que fuese tarde y oscura
la tarde de mi agonía.
(…)
Me gustaría
que me llenasen la boca
de tierra mía.”

La tarde del nueve de agosto de 1967 Pedro Garfias muere en el Hospital Universitario de Nueva León. Muere pobre y deteriorado por el daño físico que la pena y el alcohol proporcionan. Está más avejentado de lo que sus sesenta y seis años sentencian. El primer deseo expresado en el poema, si le cabe el término a un augurio tan aciago, muestra de por sí una correspondencia entre lo escrito por él y las circunstancias mismas de su muerte. La segunda pretensión es asumida no por el destino, sino por sus compañeros y compatriotas como mandato: cuentan que un puñado de tierra ibérica, conservado por algún otro español exiliado, fue a mezclarse con el poeta, y ambos a fundirse en la tierra americana. En un ataúd donde el cuerpo no le cabía del todo, y calzando zapatos prestados, lo enterraron; muerto de tarde, y con tierra natal entre sus muelas. Muerto lejos de su hogar. Y muerto de pena. Tal como él mismo escribió. Fue así, de manera análoga a la que poetizó o profetizó sobre sí mismo César Vallejo: “Me moriré en París con aguacero ” (…) “jueves será…”. También en ese caso Vallejo había cumplido tiempo más tarde con lo escrito.
Habrá quien se pregunte si la correspondencia entre sucesos y escritura, o entre vida y poesía, más allá del azar presente en estos casos, radica en escribir unos versos y acudir luego a realizarlos, o por el contrario, en percibir con una sensibilidad extrema los matices de lo que habrá de suceder, y anticiparse escribiéndolo. Como sea, y fuera de toda superchería, no debería sorprender a nadie que un viejo guerrero se anticipe y elija; que después de todo, sea él quien elija cómo habrá de terminar sus días en medio de una pena y un destierro no elegidos. No debería sorprender; y menos si ese viejo guerrero es además un escritor; y menos si es un poeta.
   
Hoy muchas ediciones, aunque siempre menos de las necesarias, revén un injusto silencio o desdén ejercido sobre varios buenos poetas del siglo XX, entre ellos Pedro Garfias. De todas maneras, es probable que aún sea más recordado en México que en España. “Le peleaba a la soledad a punta de rugidos” ha dicho en un notable ensayo sobre Garfias otro poeta, uno contemporáneo nuestro, Jorge Boccanera. Quienes hemos podido escuchar la voz de Pedro Garfias, aunque tan sólo mediante un defectuoso registro fonográfico, asentimos, seguros de que ese rugido se parece a otros afines: al de su verso atesorado en cualquiera de sus libros, al de un cañón que se dispara en el combate, al del motor de un barco que marcha hacia el exilio irrevocable, al de el alcohol raspando en la garganta. O al de la mismísima poesía. 


Mariano Garrido
*Artículo originalmente publicado en el sitio web "La Rosa Blindada"

Bibliografía:

-Barrera López, José María; Pedro Garfias; Málaga, Dto. de publicaciones del C.C. Generación del ’27; 1994.
-Boccanera, Jorge; “La ronda de los toreros muertos”; en Ángeles trotamundos. Bs.As., Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos; 1992.
-Centro Asturiano de Monterrey, México: http://www.centroasturianomty.com.mx/4555.html
-Cervantes Virtual (para consultar o descargar Pedro Garfias en El Heraldo de Madrid): http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=4898&portal=21
-Gracia Vicente, Alfredo; “Pedro Garfias, pastor de soledades”; en Pedro Garfias (1901-1967). Monterrey, Universidad de Nuevo León; 1972.
-Rejano, Juan; “Retrato de Pedro Garfias”; en Recién muerto y otros poemas. Monterrey, Ed. Sierra Madre; 1975.


[1] Publicado en El Heraldo de Madrid el 22/06/1933; tomado del libro Pedro Garfias en El Heraldo de Madrid; Guadalajara, México: Secretaría de Cultura; 1999. Compilación a cargo de Carlos Eduardo Gutiérrez Arce.


Contador web