viernes, 23 de noviembre de 2012

En una franja


En una tira de tierra, empujada casi contra el mar, resisten amontonados y bombardeados un millón y medio de palestinos. La llamada Franja de Gaza cuenta con sólo 360 kilómetros cuadrados y, en promedio, hay algo más de cuatro mil seres humanos en cada uno de ellos.
Hacia allí apuntan sus cañones los edecanes del imperio en Oriente Medio. Los hijos y nietos de los Lager, los descendientes de los que sobrevivieron a aquellos antros de exterminio de los que Primo Levi escribía para que nunca más existieran, hoy son obedientes delfines del poder que se ensañan con un pueblo que sigue desafiando a los tanques y los misiles, sea con otros misiles, sea con palos y piedras si es preciso. 

Dos poemas. Samih Al-Qassim, poeta palestino que conoció cárcel y exilio, como establece el decálogo de los que mandan sobre los que resisten en ésa y otras tantas partes de este mundo. Ana Marchesi, proveniente del campo de la Historia, con unas líneas urgentes.

Mil heridos.
Ciento sesenta muertos.
Más de la mitad, civiles. 
Un principio de alto el fuego.
La prensa seria habla de combates, allí donde el Estado de Israel esgrime cinco víctimas en su haber.

En una franja de tierra arrinconada, resiste la dignidad humana. 
Con piedras, cuando solo quedan piedras. Pero con dignidad, siempre.

***

Lo gritaré

Mientras me queden algunas pulgadas de tierra
mientras que quede un olivo
un naranjo
un pozo...un bosquecillo de cactus
mientras me queden recuerdos
una pequeña biblioteca
la foto de un antepasado...una pared
mientras queden en mi país palabras árabes
y cantos populares
mientras queden manuscritos de poemas
y los cuentos de Antar Al'Absi
las guerras del llamado en las comarcas de Roma y Persia
mientras me queden ojos
libros
manos
mientras me quede... aliento
lo gritaré de frente al enemigo
lo gritaré, declaración de guerra
en nombre de los hombres libres
obreros, estudiantes, poetas
lo gritaré... y que los panzas blandas
y los enemigos del sol
se harten del pan de la vergüenza
mientras me quede aliento
y aliento me quedará
mi palabra será el pan y el alma
entre las manos de los guerrilleros.

Samih Al-Qassim;
en Poesía palestina de combate

-.-.-.-.-.-.-

Nombres

Mi hijo se llama Miguel.
Desde que nació, la vida sin Miguel resulta impensable, imposible.
Mi hijo se llama Miguel,
y su llegada es una apuesta cotidiana a la vida,
a otro mundo posible,
a una humanidad humana.
Pero si Miguel no fuera Miguel
y se llamara en cambio Ahmed, Anan, Ali o Abdullah,
si además hubiera nacido (ayer, hace diez años, o cincuenta)
en un territorio llamado Palestina
serían altísimas las probabilidades de que,
yo no pudiera estar hoy escribiendo estas líneas
yo no pudiera estar hoy jugando, alimentando, abrazándolo.
Serían altísimas las posibilidades de que Miguel
si se llamara Ahmed, Anan, Ali o Abdullah
hoy no simbolizara la vida,
ni otro mundo posible,
ni una humanidad humana.
Si Miguel se llamara Ahmed, Anan, Ali o Abdullah,
y si hubiera nacido en Palestina,
hoy, hace diez años o cincuenta,
serían altísimas las posibilidades
de que fuera vilmente asesinado
por las bombas del ejército israelí.
Y a pesar de los miles de kilómetros
si hoy estoy escribiendo estas líneas
es porque me empuja el dolor inconmensurable de saber
que Ahmed, Anan, Ali o Abdullah
se llaman también Miguel.
No hay cámaras de multimedios,
ni fotos de las familias con los poderosos,
ni relatos que reconstruyan las cortas vidas de tantos niños
porque el poder del invasor,
el poder del genocida,
el poder del Estado Terrorista de Israel,
es el poder de la impunidad,
de la mentira,
de la propaganda a gran escala,
de la complicidad de Occidente.
Mi hijo se llama Miguel
y su existencia es hoy
(como hace diez años o cincuenta)
un grito de rabia, de odio, de denuncia.
Porque la apuesta cotidiana a la vida,
a otro mundo posible,
a una humanidad humana,
hacen que hoy,
para mí,
mi hijo se llame Ahmed, Anan, Ali o Abdullah.

Ana Marchesi;
21 de noviembre de 2012


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