sábado, 19 de abril de 2008

Carta de Miguel, sesenta y seis años después de su muerte


1942. Febrero. Miguel Hernández padece un avanzado estado de tuberculosis. Solicitan él y sus allegados que se lo traslade al sanatorio especializado de Porta Coeli, Valencia. El traslado es demorado por las autoridades del penal en que se halla prisionero, en especial por el sacerdote Luis Almarcha, antes muy cercano al poeta y ahora profundamente enemistado por la militancia comunista de Miguel.
El 22 de marzo, luego de demorar la decisión por especular con arrancarle al agonizante poeta una retractación de su pasado militante, y ante su firme postura de no ceder, se autoriza el envío del enfermo al sanatorio valenciano. Ante lo desarrollado de su cuadro infeccioso, su médico decide no intentar el traslado.
Miguel Hernández fallece en prisión el 28 de marzo a la madrugada, en el Reformatorio de Adultos de Alicante. Tenía 31 años y una guerra en las espaldas.

Aunque hoy haya humo en la ciudad, espantémoslo un rato. Lejos del incienso, Miguel: el poeta que ni curas ni guardiacárceles franquistas pudieron doblegar. Aquí, un poema (¿o una carta?). Escrita desde el frente de batalla, y no a resguardo en cómodos salones. Y que se retuerzan los académicos ante este pastor de ovejas casi sin escolaridad que escribió tanto mejor que ellos.


***

CARTA

El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.

Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia
desgastados por el tiempo.

Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.

Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.

Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.

Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.

Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.

Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.

Miguel Hernández
(De El hombre acecha; 1939)

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